Carnaval Santa Cruz de Tenerife

carnaval de tenerife la reina

Un Carnaval muy original

El escritor tinerfeño Alberto Galván Tudela, en un interesante estudio antropológico sobre el Carnaval de Santa Cruz de Tenerife, expone que éste «constituye esencialmente el ritual de inversión simbólica por excelencia, entendiendo por ello una serie o conjunto de comportamientos expresivos que invierten, contradicen, ahogan o en cierto modo presentan, una alternativa a los códigos, a los valores o normas sociales establecidos, y supone poner el orden, las relaciones sociales, al revés».

Durante muchas décadas, la celebración de estas fiestas, – precisamente por desarrollarse en la antesala de la Cuaresma cristiana, del ayuno y del recogimiento -, suponía la permisión, por parte del pueblo, de la ruptura sin pudor de cánones morales, la permisión de tolerar la ¿necesidad? de los participantes de ridiculizar, caricaturizar o parodiar situaciones afines y personajes conocidos, con más o menos contundencia, por medio de disfraces o canciones, la trasgresión de las normas establecidas, el protagonismo de la burla, la sátira, el desenfreno o la promiscuidad, el exceso también en lo culinario como preludio del hecho de desterrar la carne para cumplir con la exigida abstinencia cuaresmal, y, en definitiva, una rebeldía popular llevada en volandas a través del disfraz, de la máscara, de los cánticos alegres, de la algarabía y de la broma.

Precisamente por tener estas connotaciones, – aunque algunos historiadores encuentran los orígenes del Carnaval en la antigua Sumeria o en las fiestas en honor del buey Apis en Egipto -, parece demostrado que su celebración tiene su origen en Roma, en las celebraciones de las “lupercalias”, – en honor del dios Pan -, las “saturnalias”, – en honor a Saturno, dios de la siembra y la cosecha -, y de las “bacanales”, – en honor a Baco, dios del vino -; unas fiestas que despedían el riguroso invierno y daban la bienvenida al año nuevo.

De hecho, la palabra “carnaval” parece provenir de “carrus navalis” (carro naval) que llamaban los romanos al barco sobre ruedas que transportaba en las bacanales, a modo de carroza, al sacerdote de Baco, entre los cánticos que protagonizaban personas disfrazadas de sátiros.

La difusión del Carnaval por toda Europa fue posible por la expansión del Imperio Romano, llegando a épocas del medievo donde la fiesta se cristianiza, llamada entonces “de Carnestolendas”, tal y como figura en el texto del domingo de quincuagésima o domingo antes de quitar las carnes («doménica ante carnes tollendas»), y cambia su etimología por “carne levare” (abandonar la carne), basada en la prescripción obligatoria para todo el pueblo durante todos los viernes de la Cuaresma, o sea, por ser el comienzo del ayuno cuaresmal.

Es lógico pensar que, al igual que su actividad y estructura socio-económica y política, su religión y sus costumbres, portugueses y españoles llevaron también sus fiestas y sus celebraciones a la América latina y a Canarias, tras la conquista de estas tierras y posterior colonización y asentamiento, y, por ello, también la celebración del Carnaval, a pesar de la consabida oposición que tenían los Reyes Católicos con esta fiesta que, en Santa Cruz de Tenerife, se ha convertido en la más popular, la más multitudinaria y participativa de cuantas se celebran hoy en día en la Comunidad Europea; una fiesta que, desde 1980, tiene la distinción de ser declarada oficialmente “Fiesta de Interés Turístico Internacional”; una fiesta que, pese a sus orígenes y evolución en los distintos países, en Santa Cruz se ha convertido en una actividad festiva de honda raigambre popular, de carácter lúdico, que combina algunos elementos como disfraces, espectáculos, desfiles y, sobre todo, una multitudinaria fiesta bailable, sana y bullanguera, en plena calle, al aire libre, en distintas vías del casco urbano antiguo, con un ambiente que admira a propios y extraños tanto por la multitudinaria participación ciudadana y extraordinaria convivencia y hospitalidad en sana diversión compartida, como por la ausencia de delitos o actos hostiles.

El pregón

El carnaval tiene muchos elementos que lo hacen muy particular y único.

UN CARNAVAL ÚNICO

Referencias escritas sobre el carnaval

A pesar de que, probablemente, el Carnaval se celebra en Tenerife desde las postrimerías de la llegada y asentamiento de los primeros europeos, las primeras referencias escritas que se conservan sobre la fiesta datan de finales del siglo XVIII, gracias a manuscritos de algunos visitantes y, más tardiamente, a algunas disposiciones oficiales, especialmente prohibiciones, o regulaciones que pretendían canalizar el desenfreno de esos días en evidente salvaguarda del “orden social y moral” por parte de la autoridad civil y eclesiástica. Mientras que de poblaciones tinerfeñas como La Laguna, La Orotava o Puerto de la Cruz se tienen noticias de la celebración del Carnaval gracias a los diarios escritos por André Pierre Ledrú, – en 1796 -, Juan Primo de la Guerra y Hoyos, – en su diario escrito entre los años 1800 y 1810 -, y, entre otros, Thomas Debary, – durante su estancia en la isla en 1848 -, la primera referencia a Santa Cruz en tiempos de Carnaval data del último tercio del siglo XVIII, concretamente de 1778, con una descripción de un baile de Carnaval que hizo Lope Antonio de la Guerra y Peña en su diario.

No es extraño que la aparición de las primeras referencias del Carnaval santacrucero se encuentren, precisamente, en esas fechas, pues ello coincide con el hecho de que, por aquellos tiempos, Santa Cruz dejó de ser un pequeño puerto al abrigo de La Laguna, – que era a los efectos la capital insular -, y pasó a convertirse, por su tráfico, en el puerto más importante del archipiélago. Esta actividad portuaria impulsó su desarrollo urbano, y originó la aparición de cargos municipales representativos, como síndico personero (1753), dos diputados de abastos (1766) y alcalde real (1772), culminando con la obtención del título de Villa, el día 28 de agosto de 1803, que conllevó que Santa Cruz se constituyera en ayuntamiento independiente y dejara de estar supeditada administrativamente a La Laguna. También, con el citado desarrollo portuario, aparece en la población una burguesía, ligada a la actividad comercial, que protagoniza la celebración de bailes y fiestas en sus domicilios particulares, sobre todo en épocas de Carnaval, creando otra alternativa a la celebración de la fiesta que el pueblo llano, mayoritariamente, celebraba en tabernas y plazas.

Por la descripción que de estos bailes realizaron, entre otros, Lope Antonio de la Guerra y Juan de la Guerra y Hoyos, sabemos que los organizadores de los mismos pertenecían por lo general a la clase más selecta de la sociedad santacrucera, entre los que destacaban las autoridades militares, que convidaban a viajeros de importancia que se encontraban de paso, así como a otras personas procedentes de La Laguna y del interior de la isla, las cuales disfrutaban de unas veladas donde reinaba, a parte del juego, la música y los bailes, las representaciones teatrales y las actuaciones de las primeras agrupaciones formadas para el disfrute del Carnaval santacrucero, citadas en distintos documentos como “comparsas”, que irrumpían, asaltaban – de ahí la palabra “asaltos” para referirse a bailes de Carnaval – en las casas particulares de la llamada alta sociedad, donde, tras ofrecer su actuación o repertorio, se les invitaba a un refrigerio. Unas comparsas que, – también descritas en años posteriores por Sabino Berthelot durante su estancia en la isla, entre los años 1820 y 1830 -, en un principio estaban constituidas por el elemento militar, perteneciente a los regimientos de Ultonia y de América, – primera guarnición que se asentó en Tenerife, en 1798, tras el fallido intento de conquista de la isla por parte de las tropas de Nelson -, y que fueron, en sus inicios, no solo los únicos facultados para formar estas agrupaciones carnavaleras, – también originaron las primeras formaciones musicales que se crearon en Santa Cruz -, sino que, además, quienes introdujeron y protagonizaron en las calles, plazas y tabernas de la población, en tiempos de Carnaval, la diversión desenfrenada y el desorden, puesto que, evidentemente, la tropa vivía un Carnaval distinto al que disfrutaba la oficialidad, pues, como puede suponerse, el Carnaval no se celebraba por igual en todas las capas de la sociedad santacrucera.

la importancia de las máscara

Esos desenfrenos del elemento militar, a la hora de divertirse en días de Carnaval, así como de las capas más populares de la población, – que vivían unos carnavales más bulliciosos y participativos, con más ambiente festivo y despojado de toda etiqueta y del encorsetamiento que se exigía en la alta sociedad en sus celebraciones -, motivaron que arreciaran, por parte de la autoridad pertinente, las disposiciones restrictivas y ciertas prohibiciones que afectaban al uso de algunos artículos durante la fiesta, así como la regulación de ciertas actitudes y hasta el uso de la máscara. Sin embargo, ello propicia la aparición de un talante con visos de gran tolerancia en las autoridades locales, que viene a ser, con respecto al Carnaval de Santa Cruz, un denominador común a lo largo de su historia, incluso en épocas de la prohibición más absoluta de la fiesta, – como veremos más adelante -, pues en muchas ocasiones dicha actitud era criticada por personas de otras poblaciones al contemplar que las medidas restrictivas que pesaban sobre el Carnaval eran celosamente guardadas en otras localidades y no en Santa Cruz, como sucediera en 1783, por citar un ejemplo, cuando un bando publicado por el Corregidor, en el que se vetaba el uso de máscaras “por estar prohibidas por Reales Ordenes”, motivó graves sucesos en La Laguna, mientras que en Santa Cruz tal prohibición no se llevó a efecto.
También es cierto que, en otras ocasiones, y debido a los excesos de algunos, el espíritu indulgente de la autoridad local cambiaba durante el transcurso de la fiesta, como sucediera en 1799 cuando el alcalde real ordinario, don José María de Villa, tras permitir las máscaras en Carnaval, publicaba un edicto mediante el cual, – por el abuso de vecinos y transeúntes “pues muchas personas se valen de este disfraz reprobado por la ley para encubrir sus desórdenes y odios de lo que ha habido ejemplares en estas últimas noches” -, quedaba prohibida la máscara. Sin embargo, y a lo largo de los tiempos, encontramos que era más habitual la tolerancia, el “hacer la vista gorda”, pues, por lo general, la inmensa mayoría de la población “se conduce de un modo correspondiente a su educación y carácter”, y que la autoridad local era consciente de que la falta de celo solo afectaba “a cierto número de individuos”, que obligaba a mantener vigentes las sanciones, para quienes infringían los bandos de prohibición, en aras de prevenir alborotos y otros males.
Las prohibiciones, con aquellos primeros bandos realizados por la alcaldía, – y que llegaron a su punto más álgido con las ordenanzas municipales de 1852, donde aparecen hasta ocho artículos concretos dedicados al Carnaval -, sin duda alguna jugaron un papel importantísimo en el devenir y la evolución de la magna fiesta santacrucera por excelencia, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, pues esa reglamentación motivó varios cambios de importancia que, a la postre, resultó dotar de personalidad propia al Carnaval de Santa Cruz de Tenerife.
Sin perder de vista el pretérito y ancestral uso de la máscara en Egipto, en la cultura japonesa o en el teatro griego, parece demostrado que la introducción de la máscara, como elemento propicio del Carnaval, acontece en el siglo XIII en Venecia y, posteriormente, al igual que otros usos y costumbres, fue auspiciada por otros carnavales de Europa. En España, el uso de la máscara en tiempos de Carnaval fue motivo, durante siglos, de las más fervientes prohibiciones y enconadas persecuciones, pues no en pocos casos proporcionaron en más de una ocasión la impunidad indebida, el encubrimiento, el secreto oculto o el misterio enigmático en actos de venganza, romances, conspiraciones, amoríos, burlas o ajustes de cuentas que la autoridad debía atajar. En Santa Cruz, aunque también se implantaron las mismas medidas restrictivas o prohibiciones que en el resto del reino, y otras emanadas de la autoridad local, el uso de la máscara, careta o antifaz no pudo ser abolido, llegando a su punto más álgido con las llamadas “tapadas”, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, protagonizadas por damas pertenecientes a la “sociedad selecta” que, cubriéndose el rostro con una máscara, se mezclaban con la gente en festejos populares y en las horas de paseo en los días de fiesta; constituyendo lo que podría ser la génesis de la mascarita canaria, la de la sábana y el abanador, tan usual en la isla a finales del siglo XIX y gran parte del siglo XX. Hay quien sostiene que, entre las citadas “tapadas”, podría esconderse, “debajo de un refajo dieciochesco de blondas”, algún representante del sexo contrario, lo cual viene a ser, aún hoy en día, una forma muy habitual de vivir también la fiesta, de “correr los carnavales”, haciendo vigente el ambiente que describía en el año 1605 Gaspar Luis Hidalgo, donde se alude a esta costumbre de invertir los sexos por medio de disfraces, – algo muy generalizado en la mayoría de los carnavales del mundo -, y que ha sido tan criticada siempre por la iglesia por considerarla una actitud excesivamente transgresora de la moral.

En suma, con la autorización expresa del Gobierno Civil y del Obispado, y de la Junta Provincial de Información y Turismo, el ayuntamiento capitalino organiza las «Primeras Fiestas de Invierno» de Santa Cruz de Tenerife. En este ambiente de intolerancia oficial hacia los carnavales pero de tolerancia total hacia las «Fiestas de Invierno», asistimos a los momentos más brillantes y de mayor imaginación que ha conocido este acontecimiento popular. Las murgas eran la salsa de la fiesta, con sus canciones críticas a los gobernantes que cantaban de esquina en esquina, constituyendo el periódico del año pues aquellas noticias que no se podían ni comentar, las murgas las llevaban a sus repertorios, dotándolas siempre de un matiz humorístico, crítico e irónico.

La permisión de unas fiestas antes no autorizadas hizo que la gente se tomara con entusiasmo aquellos primeros carnavales. El sabor de lo hasta entonces prohibido hizo que el pueblo saliera a la calle con disfraz y que demostrara que es capaz de divertirse, «sin menoscabar la moral ni el orden establecido». Para el pueblo existía una consigna en esa época: «Tinerfeño, de tu comportamiento depende que se sigan celebrando las “Fiestas de Invierno”.

Aquellos primeros pasos fueron la base para poder dar despegue definitivo al Carnaval de Santa Cruz de Tenerife, – tras el paréntesis de la guerra civil y el Carnaval clandestino vivido en la posguerra -, aunque, en esta ocasión, y como excusa para la permisión de su celebración, encorsetado en un marcado carácter turístico que se pretendió dar a la fiesta, consiguiéndose logros de extraordinaria relevancia como el que fueran declaradas en 1967 «Fiestas de Interés Turístico Nacional», para que, en la actualidad y desde el día 15 de enero de 1980, ostenten el rango de «Fiestas de Interés Turístico Internacional».

Durante el transcurso de las denominadas «Fiestas de Invierno» fueron apareciendo novedades que merecen ser destacadas por su importancia histórica en la vida del Carnaval santacrucero, como, por citar unos ejemplos, un concurso de murgas por vez primera en la historia (1961), con la participación de legendarias murgas como la de “El Chucho”, la murga “Marte” o la “Afilarmónica Nifú-Nifá”; el resurgir del certamen de elección de la “Reina de las Fiestas” (1965), o de la elección de la “Reina Infantil” justo una década después, coincidiendo con el último año de las “Fiestas de Invierno” (1975); o la aparición nuevamente de las murgas infantiles, – “Los Paralelepípedos” (1965), “Los Piotinos” (1969) y “Los Lengüines” (1971) -, cuya masiva participación propició la creación de un concurso de murgas infantiles en 1972 y que aún sigue vigente como uno de los platos fuertes del programa de festejos; así como la incorporación por vez primera de la mujer como un componente más, en estas agrupaciones críticas, constituyendo e integrando las primeras murgas mixtas surgidas en el Carnaval de Santa Cruz, con la participación de “Los Criticados” (1971), o, incluso, la primera murga femenina de Canarias, denominada “Las Desconfiadas” de Arafo (1972).

También aparece como novedad en este periodo carnavalero la incorporación a la fiesta de “Los Fregolinos”, en 1961, una agrupación que, en homenaje al antiguo “Salón Frégoli” y al estilo de la vieja comparsa tinerfeña, – que la diferenciaba de la rondalla de antaño por presentar instrumentos de viento -, se constituyó en agrupación lírico-musical con orquesta y coro de voces masculinas para interpretar, prioritariamente, obras de afamadas zarzuelas o del llamado “género chico”. También la aparición de los primeros grupos coreográficos, gracias a la iniciativa de “Los Bohemios”, pioneros en estas lides; y la edición de un cartel anunciador en cada edición de la fiesta, comenzando así, desde 1962, con una colección que, hoy en día, merece un espacio de honor en cualquier pinacoteca europea, pues artistas de la talla de Juan Galarza, Gurrea, Javier Mariscal, Dokoupil, César Manrique, Cuixart, Pedro González, Fierro, Paco Martínez, Mel Ramos, Enrique González, Maribel Nazco, Elena Lecuona y un largo etcétera, han contribuido con sus obras a la grandiosidad intercultural, artística y plástica que también tiene el Carnaval de Santa Cruz de Tenerife.